YENDO POR TODO EL MUNDO

La invitación a ponerlo todo sobre el altar del servicio le llega a cada uno. No se nos pide a todos que sirvamos como sirvió Eliseo, ni somos todos invitados a vender cuanto tenemos; pero Dios nos pide que demos a su servicio el primer lugar en nuestra vida, que no dejemos transcurrir un día sin hacer algo que haga progresar su obra en la tierra. El no espera de todos la misma clase de servicio. Uno puede ser llamado al ministerio en una tierra extraña; a otro se le pedirá tal vez que dé de sus recursos para sostener la obra del Evangelio. Dios acepta la ofrenda de cada uno. Lo que resulta necesario es la consagración de la vida y de todos sus intereses. Los que hagan esta consagración oirán el llamamiento celestial y le obedecerán.
A cada uno de los que lleguen a participar de su gracia, el Señor indica una obra que ha de hacer en favor de los demás. Individualmente debemos levantarnos y decir: “Heme aquí; envíame a mí.” Sea que uno sirva como ministro de la Palabra o como médico, o como negociante o agricultor, profesional o mecánico, la responsabilidad descansa sobre él. Su obra es revelar a otros el Evangelio de su salvación. Cada empresa a la cual se dedique debe ser un medio hacia este fin.1
No es necesario esperar hasta ser llamado a algún campo lejano para ayudar a los demás. Dondequiera que estemos podemos empezar inmediatamente. Se presentan ocasiones para todos. Emprendamos el trabajo del cual somos responsables, la obra que debe hacerse en nuestra casa y en nuestro vecindario. No esperemos a que se nos inste a obrar. Con temor de Dios, echemos mano a la obra sin dilación, acordándonos de nuestra responsabilidad personal delante de Aquel que dio su vida por nosotros. Obremos como quienes oyen a Cristo llamarlos personalmente a hacer cuanto sea posible para servirle. No miremos en derredor nuestro para ver quiénes más están listos. Si somos verdaderamente consagrados, Dios traerá a la verdad, por nuestro ministerio, a otras personas de las que podrá servirse para comunicar la luz a buen número de aquellos que andan a tientas en las tinieblas.
Todos pueden hacer algo. Algunos dirán, tratando de disculparse: “Mis deberes domésticos y mis hijos exigen todo mi tiempo y todos mis recursos”. Padres, vuestros hijos pueden ser para vosotros una ayuda que acreciente vuestras fuerzas y capacidades de trabajar para el Maestro. Los niños son los miembros más jóvenes de la familia del Señor. Deben ser inducidos a consagrarse a Dios, a quien pertenecen por derecho de creación y de redención. Se les debe enseñar que todas sus energías del espíritu, del cuerpo y del alma pertenecen al Señor. Hay que enseñarles a servir en diferentes actividades útiles y desinteresadas. No permitáis que vuestros hijos sean impedimentos. Ellos deben compartir con vosotros vuestras cargas espirituales así como las materiales. Al ayudar a otros, ellos acrecientan su propia felicidad y utilidad.2
Es el propósito de Dios que su pueblo sea un pueblo santificado, purificado y santo, que comunique luz a cuantos le rodean. Es su propósito que, al ejemplificar la verdad en su vida, le alabe el mundo. La gracia de Cristo basta para realizar esto. Pero deben recordar los hijos de Dios que únicamente cuando ellos crean en los principios del evangelio y obren de acuerdo con ellos, puede él hacer de ellos una alabanza en la tierra. Únicamente en la medida en que usen las capacidades que Dios les ha dado para servirle, disfrutarán de la plenitud y el poder de la promesa en la cual la iglesia ha sido llamada a confiar. Si los que profesan creer en Cristo como su Salvador alcanzan tan sólo la baja norma de la medida mundanal, la iglesia no dará la rica mies que Dios espera. “Hallada falta”, será escrito en su registro...
Los discípulos no habían de aguardar que la gente acudiera a ellos. Ellos debían ir a la gente y buscar a los pecadores como el pastor busca a la oveja perdida. Cristo les presentó el mundo como campo de labor. Debían ir “por todo el mundo” y predicar “el evangelio a toda criatura”. Marcos 16:15. Habían de predicar acerca del Salvador, acerca de su vida de amor abnegado, su muerte ignominiosa, su amor sin parangón e inmutable. Su nombre había de ser su consigna, su vínculo de unión. En su nombre habían de subyugar las fortalezas del pecado. La fe en su nombre había de señalarlos como cristianos.
Al dar más indicaciones a los discípulos, Cristo dijo: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”. Hechos 1:8; Lucas 24:49.
En obediencia a la palabra de su Maestro, los discípulos se congregaron en Jerusalén para aguardar el cumplimiento de la promesa de Dios. Allí pasaron diez días que dedicaron a escudriñar profundamente su corazón. Desecharon todas las divergencias y unánimes se acercaron unos a otros en compañerismo cristiano.
Al fin de los diez días, el Señor cumplió su promesa con un derramamiento maravilloso de su Espíritu. “Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados: y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”. “...y se añadieron aquel día como tres mil personas”. Hechos 2:2-4; 41.
“Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían”. Marcos 16:20. No obstante la fiera oposición que los discípulos encontraron, en poco tiempo el evangelio del reino fue proclamado en todas las partes habitadas de la tierra.
La comisión dada a los discípulos nos es dada a nosotros también. Hoy como entonces, el Salvador crucificado y resucitado debe ser exaltado delante de los que están sin Dios y sin esperanza en el mundo. El Señor llama a pastores, maestros y evangelistas. De puerta en puerta han de proclamar sus siervos el mensaje de la salvación. Las nuevas del perdón por medio de Cristo han de ser comunicadas a toda nación, tribu, lengua y pueblo.
El mensaje ha de darse, no en forma tímida y sin vida, sino con expresión clara, decidida, conmovedora. Centenares están aguardando la amonestación a escapar por su vida. El mundo necesita ver en los cristianos la evidencia del poder del cristianismo. No sólo se necesita a los mensajeros de la misericordia en unos pocos lugares, sino en todas partes del mundo. De todo país proviene el clamor: “Pasa... y ayúdanos”. Ricos y pobres, humildes y encumbrados, están pidiendo luz. Hombres y mujeres tienen hambre de la verdad tal cual es en Jesús. Cuando oigan el evangelio predicado con poder de lo alto, sabrán que el banquete está preparado para ellos, y responderán a la invitación: “Venid, que ya todo está preparado”. Lucas 14:17
Las palabras: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15), se dirigen a todos los que siguen a Cristo. Todos los que son ordenados a la vida de Cristo están ordenados para trabajar por la salvación de sus semejantes. Ha de manifestarse en ellos el mismo anhelo que él sintió en su alma por la salvación de los perdidos. No todos pueden desempeñar el mismo cargo, pero hay cabida y trabajo para todos. Todos aquellos a quienes han sido concedidas las bendiciones de Dios deben responder sirviendo realmente; y han de emplear todo don para el progreso de su reino.
Cristo hizo provisión completa para que continuara la obra confiada a sus discípulos, y se encargó él mismo de la responsabilidad de su éxito. Mientras ellos obedecieran a su palabra y trabajasen en relación con él, no podían fracasar. Id a todas las naciones, les ordenó. Id a los confines más lejanos del globo habitable, y sabed que mi presencia estará allí. Trabajad con fe y confianza; porque nunca llegará el momento en que os abandone.
A nosotros también se dirige la promesa de la presencia permanente de Cristo. El transcurso del tiempo no ha cambiado la promesa que hizo al partir. …l está con nosotros hoy tan ciertamente como estuvo con los discípulos, y estará con nosotros “hasta el fin”.
“Id a predicar el evangelio a todas las naciones” nos dice el Salvador, “para que puedan llegar a ser hijos de Dios. Os acompaño en esta obra, enseñándoos, guiándoos, y fortaleciéndoos, dándoos éxito en vuestra obra impregnada de abnegación y sacrificio. Obraré en los corazones, convenciéndolos del pecado y apartándolos de las tinieblas a la luz, de la desobediencia a la justicia. En mi luz verán luz. Enfrentaréis la oposición de agencias satánicas, pero confiad en mí. Nunca os faltaré”.
¿No pensáis que Cristo aprecia a los que viven totalmente para él? ¿No pensáis que él visita a los que, como el amado Juan, se hallan por su causa en condiciones penosas y difíciles? …l encuentra a sus fieles, mantiene comunión con ellos, los alienta y fortalece. Y los ángeles de Dios, excelsos en fortaleza, son enviados por Dios a ministrar a sus obreros humanos que predican la verdad a los que no la conocen.
Al ministro del evangelio Dios le ha encomendado la obra de conducir a Cristo a los que se han desviado del camino estrecho. Ha de ser sabio y fervoroso en sus esfuerzos. Al final del año él debiera poder mirar hacia atrás y ver las almas que fueron salvadas como resultado de su labor. A unos él ha de salvar con temor, “arrebatándolos del fuego... aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne”, “retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada”. Judas 23; Tito 1:9. El encargo de Pablo a Timoteo les llega también a los ministros de hoy: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo... que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”. 2 Timoteo 4:1–2.
Pero no es sólo sobre aquellos que predican la Palabra que Dios ha puesto la responsabilidad de salvar a los pecadores. …l ha asignado esta obra a todos por igual. Nuestro corazón ha de estar tan lleno del amor por Cristo que nuestras palabras de acción de gracias alegren el corazón de otros. Este es un servicio que todos pueden rendir y que el Señor acepta como si se le ofreciera a él mismo. …l lo hace eficaz e imparte al obrero dedicado la gracia que reconcilia al hombre con Dios.
Que Dios ayude a su pueblo a darse cuenta de que hay una obra seria que hacer. Que él les ayude a recordar que en el hogar, en la iglesia y en el mundo han de hacer la obra de Cristo. No son dejados para trabajar solos. Los ángeles son sus ayudadores. Y Cristo es su ayudador. Por lo tanto, que trabajen ellos fiel e incansablemente. A su debido tiempo cosecharán, si no desmayan.3
En muchas partes pueden trabajar con éxito misioneros que se mantienen a sí mismos. Así trabajó el apóstol Pablo al esparcir el conocimiento de Cristo por todo el mundo. Al par que predicaba el Evangelio cada día en las grandes ciudades de Asia y Europa, trabajaba de artesano para mantenerse a sí mismo y a sus compañeros. Las palabras de despedida que dirigió a los ancianos de …feso revelan su modo de trabajar y encierran preciosas lecciones para todo obrero evangélico:
“Vosotros sabéis—dijo—cómo, desde el primer día que entré en Asia, he estado con vosotros por todo el tiempo, ... cómo nada que fuese útil he rehuído de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas.... La plata, o el oro, o el vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario, y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, es necesario sobrellevar a los enfermos, y tener presente las palabras del Señor Jesús, el cual dijo: Más bienaventurada cosa es dar que recibir.” Hechos 20:18-35.
Hoy son muchos los que, si los embargase el mismo espíritu de desprendimiento, podrían desempeñar en forma similar una buena obra. Salgan juntos dos o más para hacer obra de evangelización. Visiten a la gente, orando, cantando, enseñando, explicando las Escrituras y atendiendo a los enfermos. Algunos pueden sostenerse a sí mismos como colportores, otros, imitando al apóstol, pueden dedicarse a un oficio manual o de otra índole. Al llevar adelante su obra, reconociendo su incapacidad, pero dependiendo humildemente de Dios, obtienen una experiencia bendecida. El Señor Jesús va delante de ellos, de modo que tanto entre los ricos como entre los pobres encuentran buena voluntad y ayuda.
A los que se han preparado para la obra médico-misionera en el extranjero, se les ha de alentar a ir sin demora adonde esperan trabajar, y poner manos a la obra entre el pueblo, aprendiendo el idioma al paso que trabajan. Pronto podrán enseñar las sencillas verdades de la Palabra de Dios.
Por todo el mundo se necesitan mensajeros de la gracia. Conviene que familias cristianas vayan a vivir en poblaciones sumidas en las tinieblas y el error, que entren en campos extranjeros, conozcan las necesidades de sus semejantes y trabajen por la causa del Maestro. Si se estableciesen familias tales en puntos tenebrosos de la tierra, donde la gente está rodeada de tinieblas espirituales, para dejar que por su medio brillase la luz de la vida de Cristo, ¡cuán noble obra se realizaría!
Esta obra requiere abnegación. Mientras que muchos aguardan que se quite todo obstáculo, su trabajo queda por hacer, y siguen muriendo las muchedumbres sin esperanza y sin Dios. Hay algunos que, por el aliciente de las ventajas comerciales, o para adquirir conocimientos científicos, se arriesgan a penetrar en regiones aún no colonizadas, y con valor soportan sacrificios y penalidades; pero ¡cuán pocos son los que por amor a sus semejantes consienten en llevar a sus familias a regiones necesitadas del Evangelio!
El verdadero ministerio consiste en llegar a todas las gentes, cualquiera que sea su situación o condición, y ayudarlas de toda forma posible. Mediante tal esfuerzo podéis conquistar los corazones y obtener acceso a las almas que perecen.
En todo vuestro trabajo, recordad que estáis unidos con Cristo y que sois parte del gran plan de la redención. El amor de Cristo debe fluir por vuestra conducta como un río de salud y vida. Mientras procuráis atraer a otros al círculo del amor de Cristo, la pureza de vuestro lenguaje, el desprendimiento de vuestro servicio, y vuestro comportamiento gozoso han de atestiguar el poder de su gracia. Dad al mundo una representación de Cristo tan pura y justa, que los hombres puedan contemplarle en su hermosura.
Poca utilidad tiene el intento de reformar a los demás atacando de frente lo que consideremos malos hábitos suyos. Tal proceder resulta a menudo más perjudicial que benéfico. En su conversación con la samaritana, en vez de desacreditar el pozo de Jacob, Cristo presentó algo mejor. “Si conocieses el don de Dios—dijo,—y quién es el que te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua viva.” Juan 4:10. Dirigió la plática al tesoro que tenía para regalar y ofreció a la mujer algo mejor de lo que ella poseía: el agua de vida, el gozo y la esperanza del Evangelio.
Esto ilustra la manera en que nos toca trabajar. Debemos ofrecer a los hombres algo mejor de lo que tienen, es decir la paz de Cristo, que sobrepuja todo entendimiento. Debemos hablarles de la santa ley de Dios, trasunto fiel de su carácter y expresión de lo que él desea que lleguen a ser. Mostradles cuán infinitamente superior a los goces y placeres pasajeros del mundo es la imperecedera gloria del cielo. Habladles de la libertad y descanso que se encuentran en el Salvador. Afirmó: “El que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed.” Vers. 14.
Levantad en alto a Jesús y clamad: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Juan 1:29. El solo puede satisfacer el ardiente deseo del corazón y dar paz al alma.
De todos los habitantes del mundo, los reformadores deben ser los más abnegados, bondadosos y corteses. En su vida debe manifestarse la verdadera bondad de las acciones desinteresadas. El que al trabajar carece de cortesía, que se impacienta por la ignorancia y aspereza de otros, que habla descomedidamente u obra atolondradamente, puede cerrar la puerta de los corazones de modo que nunca podrá llegar a ellos.
Como el rocío y las lluvias suaves caen sobre las plantas agostadas, caigan también con suavidad vuestras palabras cuando procuréis sacar a los hombres del error. El plan de Dios consiste en llegar primero al corazón. Debemos decir la verdad con amor, confiados en que él le dará poder para reformar la conducta. El Espíritu Santo aplicará al alma la palabra dicha con amor.
Por naturaleza somos egoístas y tercos. Pero si aprendemos las lecciones que Cristo desea darnos, nos haremos partícipes de su naturaleza, y de entonces en adelante viviremos su vida. El ejemplo admirable de Cristo, la incomparable ternura con que compartía los sentimientos de los demás, llorando con los que lloraban, regocijándose con los que se regocijaban, deben ejercer honda influencia en el carácter de los que le siguen con sinceridad. Con palabras y actos bondadosos tratarán de allanar el camino para los pies cansados.4