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The Reformation Herald Online Edition

YENDO POR TODO EL MUNDO

Domingo, 14 de diciembre de 2025
FORMANDO DISCÍPULOS
OLGA ORTIZ — COLOMBIA
La verdadera educación

En el principio, Dios instituyó la familia como el núcleo de la sociedad: un lugar para la formación y el desarrollo del carácter, los hábitos y valores. «El sistema de educación establecido en el Edén tenía por centro a la familia».1 Después de la caída, el plan divino fue adaptado conforme a la raza humana. La verdadera educación es el trabajo para redimir y restaurar a la humanidad, desarrollar las facultades físicas, mentales y espirituales de acuerdo con el carácter de Cristo. No se limita a la adquisición del conocimiento, sino que busca preparar al individuo para una vida de servicio en esta tierra y por la eternidad. Su fundamento está en la Palabra de Dios y la guía del Espíritu Santo. Cristo, como representante del Padre, es el vínculo entre Dios y la humanidad, el gran Maestro de la huma-nidad. …l ha dispuesto que los hombres y mujeres sean sus representantes. La familia era la escuela y los padres eran los maestros. En la vida terrenal del Señor Jesús, este principio se observó con fidelidad.

La educación de Cristo

«Jesús vivió en un hogar de artesanos, y con fidelidad y alegría desempeñó su parte en llevar las cargas de la familia. Había sido el generalísimo del cielo, y los ángeles se habían deleitado cumpliendo su palabra; ahora era un siervo voluntario, un hijo amante y obediente. Aprendió un oficio, y con sus propias manos trabajaba en la carpintería con José. Vestido como un obrero común, recorría las calles de la pequeña ciudad, yendo a su humilde trabajo y volviendo de él. No empleaba su poder divino para disminuir sus cargas ni aliviar su trabajo».2 Su hogar fue la escuela principal donde José y María, guiados por los principios divinos, realizaron una función fundamental en el desarrollo de Jesús hasta su adultez. El ambiente cultural y familiar en el que …l creció, rodeado de la naturaleza y simplicidad, moldearon su carácter y fortalecieron su conexión con Dios y las necesidades del prójimo.

«En los días de Cristo los judíos daban mucha importancia a la educación de sus niños. Sus escuelas estaban relacionadas con las sinagogas o lugares de culto, y los maestros eran los rabinos, hombres que tenían fama de ser muy instruidos.

Jesús no fue a estas escuelas porque enseñaban muchas cosas que no eran ciertas. En lugar de la Palabra de Dios, se estudiaban los dichos de los hombres y a menudo éstos eran contrarios a lo que el Señor había enseñado por medio de sus profetas.

Dios mismo por medio del Espíritu Santo le dijo a María cómo educar a su Hijo. Ella le enseñó a Jesús las Sagradas Escrituras y él aprendió a leerlas y a estudiarlas por sí mismo».3

Un concepto erróneo

A diferencia de la capacitación que Jesús recibió en el hogar, las escuelas rabínicas de su tiempo habían perdido de vista la verdadera esencia de la educación y estaban enfocadas en los rituales, permeadas por una formalidad hueca. El resultado era una educación que no impulsaba a una conexión personal con Dios ni tampoco estimulaba el desarrollo de un carácter cimentado en los principios divinos. ¿No es esta una realidad similar que vivimos en estos días?

«Nuestro concepto de la educación tiene un alcance demasiado estrecho y bajo. Es necesario que tenga una mayor amplitud y un fin más elevado. La verdadera educación significa más que la prosecución de un determinado curso de estudio. Significa más que una preparación para la vida actual. Abarca todo el ser, y todo el período de la existencia accesible al hombre. Es el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales. Prepara al estudiante para el gozo de servir en este mundo, y para un gozo superior proporcionado por un servicio más amplio en el mundo venidero».4 Tristemente, en la academia de este mundo, aunque el carácter y los valores son tan importantes en la vida humana, pero se descuidan en la preparación para el cielo. Al entender los errores del pasado, podemos redescubrir el propósito verdadero de la educación divina.

¿Qué significa esto?

La verdadera educación proviene de Dios y su propósito es restaurar la imagen divina en la humanidad. La verdadera educación no se limita a la adquisición del conocimiento académico, sino que abarca la formación espiritual, moral y social del ser humano. Por ende, es un trabajo solemne y sagrado. En las sagradas escrituras vemos cómo Dios exhorta a los padres acerca de la educación de sus hijos. En el caso de Abrahán, el Señor declara: «Porque yo lo conozco, sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio,...». (Génesis 18:19). A causa de su relación cercana con Dios, Abrahán educó a su familia en los caminos del Señor. Para que logremos esta realidad en nuestros hogares, igual necesitamos cultivar los hábitos de amorosa devoción al Salvador de las almas, para enseñar a nuestros hijos que a través de la oración ellos tienen un amigo que escucha tanto sus sueños como sus tristezas. Y que al leer la Biblia todos los días, entenderán la naturaleza de Dios y cómo nos trata con su amor compasivo. De este modo, los niños aprenderán a tratar a los demás con respeto, amor y paciencia. Ellos aprenderán a ser misericordiosos y amables, así como el Padre celestial es misericordioso y amable hacia la raza humana que él ha creado con ternura. La compresión de la educación verdadera nos guía a reconocer que el objetivo final de este proceso es la formación del carácter, pues este es el gran tesoro que podemos llevar al cielo.

Resultados de las malas decisiones

La formación del carácter es un proceso fundamental y trascendental en la vida. El carácter es la única posesión que llevaremos al cielo y esta se desarrolla en el hogar. «Un carácter formado a la semejanza divina es el único tesoro que podemos llevar de este mundo al venidero. Los que en este mundo andan de acuerdo con las instrucciones de Cristo, llevarán consigo a las mansiones celestiales toda adquisición divina. Y en el cielo mejoraremos continuamente. Cuán importante es, pues, el desarrollo del carácter en esta vida».5 El trabajo sagrado de los padres es instruir y enseñar a sus hijos el temor y la obediencia a Dios para que con la ayuda del Espíritu Santo puedan desarrollar un carácter similar al del Padre en el Cielo. El Señor declara: «Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán en tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa, y cuando andes por el camino, y cuando te acuestes, y cuando te levantes;». (Deuteronomio 6:6:7).

Cuando los padres descuidan las pautas educativas que Dios ha brindado y abandonan las obligaciones solemnes, el enemigo de las almas termina educando a sus hijos. El caso de Elí, el sacerdote, puede servir para nuestra atención. Leemos en 1 Samuel 2:12: «Mas los hijos de Elí eran hijos de Belial, y no conocían a Jehová». Los niños necesitan una guía y cuidado atento como nunca antes, porque Satanás está con el afán de ganar el control de sus mentes y corazones y desterrar al Espíritu de Dios.

«El temible estado de los jóvenes de esta época constituye uno de los signos más claros de que vivimos en los últimos días. Sin embargo, la ruina de muchos puede ser imputada directamente a la mala dirección de sus padres. El espíritu de murmuración contra las reprobaciones ha echado sus raíces y está dando su fruto de insubordinación. Los padres están disgustados con el carácter que desarrollan sus hijos, a la vez que están ciegos ante los errores que comenten y los hacen ser como son».6

Los padres deben entender que la educación cristiana no solo se enfoca en el intelecto, sino que también en el desarrollo del carácter y la formación moral, y en la preparación de la vida eterna. No pueden cumplir correctamente sus responsabilidades a menos que tomen la Palabra de Dios como el estándar de su vida. Deben entender que están para educar y moldear el carácter de cada precioso tesoro humano que se les ha confiado a su cuidado, para que, finalmente, vean los principios de la verdadera educación y la importancia del desarrollo del carácter como un proceso con repercusiones eternas. En nuestros días y época, debemos mantener una cuidadosa vigilancia en cuanto a las amistades que nuestros hijos forman. ¿Los compañeros que eligen les ayudarán a reflejar la imagen de su Padre Celestial o los influenciarán para reflejar el príncipe de este mundo? ¿Lo que ven en los medios sociales los santifica o rebaja sus valores y corrompe sus hábitos espirituales? Para guiarlos por el camino angosto, el ejemplo familiar es de vital importancia.

El ejemplo de la familia

La educación cristiana comienza en la temprana edad con el ejemplo de los primeros maestros, los padres. Por esta razón es que se nos urge a que en nuestro hogar tengamos un pedacito de cielo, para que nuestros niños aprendan a imitar el ejemplo de sus padres. En Gálatas 5:22–23 se describen los frutos del Espíritu como amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, cualidades que forman un sólido carácter cristiano. El rey Salomón nos recuerda: «Instruye al niño en el camino en que debe andar; y aun cuando fuere viejo no se apartará de él». (Proverbios 22:6). El apóstol Pablo también nos exhorta a renovar la mente y el carácter de acuerdo con la voluntad de Dios (lean Romanos 12:2). En Mateo 5:48 Jesús nos llama a ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, lo que implica que se requiere un crecimiento constante a la semejanza de Cristo. El desarrollo del carácter es un proceso continuo de transformación que requiere la intervención del Espíritu Santo y el compromiso de la persona. El propósito principal de la educación y vida cristiana es el desarrollo del carácter. «Cada ser humano, creado a la imagen de Dios, está dotado de una facultad semejante a la del Creador: la individualidad, la facultad de pensar y hacer. Los hombres en quienes se desarrolla esta facultad son los que llevan responsabilidades, los que dirigen empresas, los que influyen sobre el carácter. La obra de la verdadera educación consiste en desarrollar esta facultad, en educar a los jóvenes para que sean pensadores, y no meros reflectores de los pensamientos de otros hombres. En vez de restringir su estudio a lo que los hombres han dicho o escrito, los estudiantes deben ser dirigidos a las fuentes de la verdad, a los vastos campos abiertos a la investigación en la naturaleza y en la revelación. Contemplen las grandes realidades del deber y del destino, y la mente se expandirá y robustecerá. En vez de jóvenes educados, pero débiles, las instituciones del saber debieran producir hombres fuertes para pensar y obrar, hombres que sean amos y no esclavos de las circunstancias, hombres que posean amplitud de mente, claridad de pensamiento y valor para defender sus convicciones.

Semejante educación provee algo más que una disciplina mental; provee algo más que una preparación física. Fortalece el carácter, de modo que no se sacrifiquen la verdad y la justicia al deseo egoísta o a la ambición mundana. Fortalece la mente contra el mal. En vez de que una pasión dominante llegue a ser un poder destructor, se amoldan cada motivo y deseo a los grandes principios de la justicia. Al espaciarse en la perfección del carácter de Dios, la mente se renueva y el alma vuelve a crearse a su imagen».7

Los padres deben cultivar un ambiente alegre y saludable para sus hijos, alejándolos y ayudándolos a reconocer el poder de las influencias negativas y cómo estas pueden deformar el carácter, y al final, alejarlos de Dios. «Las acciones, repetidas con frecuencia, forman los hábitos; los hábitos forman el carácter. Lleven a cabo pacientemente los pequeños deberes de la vida. Mientras no den la importancia que corresponde a la fidelidad en los pequeños deberes, no será satisfactoria la edificación de su carácter. A la vista del Omnipotente, todo deber es importante. El Señor ha dicho: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más será fiel”. En la vida de un verdadero cristiano no hay cosas sin importancia».8

La formación integral del carácter se debería basar en los siguientes principios:

1. La dependencia en Dios: busquemos a Dios diariamente en oración y por medio del estudio de la Biblia (Filipenses 4:13).

2. La disciplina y el autocontrol: dominemos los pensamientos, las palabras y las acciones (Proverbios 16:32).

3. Servir a los demás: cuando amamos y ayudamos a otros desarrollamos un carácter noble (Mateo 25:40).

4. La instrucción que se basa en los principios divinos desde la infancia (Proverbios 22:6; 2 Timoteo 3:15).

5. La perseverancia en la transformación: el desarrollo del carácter en un proceso continuo hasta que el alma refleja completamente la imagen de Jesús (2 Corintios 3:18; Primeros escritos, p. 70).

Aprender haciendo

La pedagogía terrenal confirma lo que el Señor estableció en el plan divino de la educación. Los hijos aprenden lo mejor cuando pueden conectar el conocimiento con su entorno aplicándolo de forma práctica en sus vidas diarias. Desde una temprana edad, los niños deben aprender una profesión útil o práctica que facilite el desarrollo de habilidades que serán fundamentales para el desarrollo de las cualidades como ser responsabilidad, disciplina, perseverancia y paciencia. Además, que les permite transformar la educación en una experiencia significativa y enriquecedora que les ayuda no solo a pasar exámenes, sino que también a enfrentar con éxito los desafíos de la vida. Todo esto debe tener fundamento en las Sagradas Escrituras.

La educación bíblica

Desde el inicio, Dios estableció la educación como un proceso integral. En Génesis 1:27 se nos dice que el ser humano fue creado en la imagen y semejanza de Dios. Esto implica que el conocimiento divino debe ser la base de toda enseñanza. Proverbios 9:10 declara que «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; y el conocimiento del Santo es el entendimiento», enfatizando que la verdadera educación comienza con una base espiritual sólida, la cual debe cumplir con el siguiente principio fundamental: «...la obra de la educación y la de la redención, son una,...»9. Esto recalca que la enseñanza debe encaminar a una transformación espiritual.

1. Cristo-céntrica: Dios debe ser el centro de toda enseñanza (Colosenses 2:3).

2. Integral: debe abarcar el desarrollo físico, mental y espiritual (Lucas 2:52).

3. Práctica y aplicable: no solo es teórica, también se enfoca en el diario vivir y en el servicio para otros (Mateo 25:40).

4. Formación del carácter: la educación debe moldear el carácter para reflejar la imagen de Cristo. «La abnegación es la base de todo verdadero desarrollo. Por medio del servicio abnegado, adquiere toda facultad nuestra su desarrollo máximo. Llegamos a participar cada vez más plenamente de la naturaleza divina. Somos preparados para el cielo, porque lo recibimos en nuestro corazón».10

5. Enfoque en la esperanza y redención: debe preparar al ser humano para la vida presente y la eterna. «El trabajo que se nos ha dado en esta vida es una preparación para la vida eterna. Si lo realizamos como Dios quiere que lo hagamos, toda tentación puede obrar para nuestro progreso; porque en la medida que resistamos sus seducciones, avanzaremos en la vida divina. En el calor del conflicto, estarán a nuestro lado agentes invisibles, a los cuales el cielo ordenó que nos ayuden en nuestras luchas; y en la crisis serán impartidas fuerzas, firmeza y energía, y tendremos un poder superior al mortal».11

La educación cristiana no es solo para el hogar o la escuela, involucra también a la iglesia como un pilar fundamental en el desarrollo espiritual. A través de la iglesia, la juventud recibe guía, apoyo y ejemplos de fe que les ayudarán a crecer en su relación con Dios y ser fortalecidos para los tiempos que se avecinan.

Al final de los tiempos

«Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; levantarás los cimientos de muchas generaciones; y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar». (Isaías 58:12). Este llamado solemne incluye la educación:

«Satanás ha empleado los métodos más ingeniosos para entretejer sus planes y principios en los sistemas de educación y lograr así un poderoso dominio de la mente de niños y jóvenes. Contrarrestar sus artificios es la obra del verdadero educador. Tenemos ante Dios la obligación solemne y sagrada de criar a nuestros niños para él y no para el mundo; de enseñarles a no hacer alianza con el mundo sino a amar y temer a Dios y guardar sus mandamientos. Se les debe inculcar el pensamiento de que están formados a la imagen de su Creador y que Cristo es el modelo al cual deben adaptarse. Debe presentarse la más seria atención a la educación que impartirá un conocimiento de la salvación, y moldeará la vida y el carácter a la semejanza divina. Es el amor de Dios, la pureza del alma entretejida en la vida a guisa de hebras de oro, es lo que tiene verdadero valor. La altura que el ser humano puede alcanzar así no ha sido comprendida plenamente.

Para llevar a efecto la tarea, ha de ponerse un fundamento más amplio. Debe introducirse y adoptarse un nuevo propósito, ayudarse a los alumnos a aplicar los principios de la Biblia en todo lo que hacen. Debe señalarse claramente y eliminarse todo aquello que salga de lo recto, pues es iniquidad que no debe perpetuarse. Es importante que todo maestro ame y cultive sanos principios y doctrinas, por cuanto en ellos está la luz que ha de proyectarse en la senda de todos los alumnos».12

«Pero tú habla lo que armoniza con la sana doctrina». (Tito 2:1).

Para realizar este trabajo necesitamos apoyarnos unos a otros y crear redes de apoyo con los cuales se pueda lograr este propósito. Aquí en Colombia, a través de la Fundación Educativa Oded, actualmente estamos desarrollando un método educativo que abarca todo el ser. El único objetivo es restaurar la imagen de Dios en nuestros hijos y jóvenes, por la cual se restaure el plan original que Dios estableció para la educación. Los padres tienen la responsabilidad de otorgar una conexión vital con Dios: experiencias que permitan que los niños conecten lo que aprenden con el mundo real. Pero, esta no es solo una tarea de los padres, la iglesia también cumple un papel de apoyo fundamental para lograr esta misión.

Dios nos llama a vivir por fe, y no se trata solo de atender a la iglesia u observar ciertas costumbres, sino que más bien es de permitir que Cristo moldee nuestros corazones y caracteres. Esta transformación se debe reflejar en nuestra forma de pensar y actuar.

Nuestra misión para ser la luz del mundo comienza con la educación de los niños, jóvenes y adultos para predicar el evangelio. Deseo que la sabiduría del Señor sea nuestro fundamento para que él nos pueda otorgar el entendimiento y enseñarnos el camino en el cual debemos andar. (Meditemos en Proverbios 1:7; Salmos 32:8).

Referencias:
1 El evangelismo, p. 33.
2 El deseado de todas las gentes, p. 52.
3 La única esperanza, p. 27.
4 La educación, p. 13.
5 Palabras de vida del gran maestro, pp. 267.
6 Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 198.
7 La educación, p. 16, 17.
8 Mensajes para los jóvenes, p. 102.
9 La educación, p. 29.
10 Ibid., p. 15.
11 Consejos para los maestros, p. 225.
12 Testimonios para la iglesia, tomo 6, p. 132.