YENDO POR TODO EL MUNDO

La frase que Jesús dijo: “Dadles de comer” resuena profundamente como un llamado para el cuidado y responsabilidad hacia los demás. Lo que se lee en Mateo 14:16, se conecta con la historia bien conocida de la primera multiplicación de panes y peces. Pero, además de contar uno de los milagros más icónicos en la Biblia, este pasaje también contiene lecciones fundamentales acerca de la compasión, la generosidad y el servicio cristiano, los cuales son un desafío para la iglesia actual en la acción práctica en un mundo que enfrenta mayores desafíos como lo es la hambruna.
En el presente, el hambre es un problema devastador global. “Según los reportes de las Naciones Unidas, solo en 2023, de acuerdo con SOFI 2024, alrededor de 733 millones de personas sufrirán de hambre en todo el mundo”.1 Es como si una de cada once personas en el mundo tiene hambre y este número aumenta debido a factores como la desigualdad social, la crisis económica y los conflictos armados. Esta realidad marca un contraste notable con la cantidad de alimentos producidos a nivel mundial, el cual muestra que el problema no es la falta de recursos sino la distribución inadecuada y falta de acción.
Cuando Jesús dijo: “Dadles de comer”, él estaba desafiando a sus discípulos a enfrentar una situación que parecía imposible: igual que el desafío de alimentar a millones de personas hoy. Sin embargo, así como lo fue en aquella ocasión, el mensaje de Cristo apunta hacia la responsabilidad compartida de sus seguidores para atender las necesidades físicas y espirituales de aquellos que sufren.
El milagro de la multiplicación de panes sucedió poco después de la noticia de la muerte de Juan el Bautista. Era posible porque los discípulos estaban rendidos y entristecidos por esa noticia, por lo que Jesús se fue con ellos a un lugar desértico para tener un momento de descanso. «Y oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un lugar desierto». (Mateo 14:13 RVG).La invitación de Cristo para descansar es una expresión de su cuidado pastoral por sus discípulos. Pero ese descanso anhelado pronto iba a ser interrumpido, ya que cuando las multitudes descubrieron a dónde se había ido Jesús, lo siguieron a pie. « Pero la gente los vio partir, y muchos le reconocieron, y corrieron allá a pie de todas las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se juntaron a …l». (Marcos 6:33).
«La Pascua se acercaba, y de cerca y de lejos se reunían, para ver a Jesús, grupos de peregrinos que se dirigían a Jerusalén. Su número fué en aumento, hasta que se reunieron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Antes que Cristo llegara a la orilla, una muchedumbre le estaba esperando...».2
El amante Salvador nunca vacila para atender a nuestras necesidades. Se preocupa de la multitud, la recibe y sana a los enfermos. «Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos». (Mateo 14:14).
En el Nuevo Testamento, “tener compasión” expresa el nivel más alto de simpatía por aquellos que sufren, generalmente en referencia de las acciones de Cristo Jesús. (Les invito a que lean también Mateo 15:32; 20:34; Marcos 1:41; Lucas 7:13).
Jesús nunca rechaza a una persona sin atender todas sus necesidades. Aunque se le interrumpió su descanso, dejando su lugar de retiro, realizó tres acciones para atenderlos:
1. Le enseñó a la multitud acerca del reino de Dios, de este modo atendió las necesidades de la mente.
2. Sanó al enfermo, así atendió sus necesidades físicas.
3. Alimentó a toda la multitud con pan como símbolo del pan del cielo (Juan 6:22–40).
De este modo, Jesús suplió las necesidades mentales, físicas y espirituales.
Había sido un día bien ajetreado por las actividades, Jesús había enseñado y sanado a los enfermos entre la multitud, pero ahora los discípulos se preocupaban por cómo alimentarla. Al darse cuenta en dónde estaban, se acercaron a Jesús y le expresaron su preocupación y le sugirieron que …l mandara a la gente a buscar comida en las aldeas cercanas.
«Y cuando el día era ya muy avanzado, sus discípulos se acercaron a …l y le dijeron: El lugar es desierto, y la hora ya muy avanzada. Despídelos para que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor, y compren pan para sí; porque no tienen qué comer». (Marcos 6:35 36). Los discípulos no veían cómo ellos podrían alimentar a la multitud, estaba fuera del presupuesto que tenían, y para ellos no había otra solución sino el de que sencillamente se mandara lejos a la gente. Nada era favorable: el lugar era remoto, ya era tarde, la multitud era inmensa y no tenían suficiente dinero. Con una visión de carencia, los discípulos enfatizaban lo que no tenían.
Escuchando cuidadosamente la sugerencia de los discípulos, «Mas Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer». (Mateo 14:16). El mandato de Cristo era inesperado y desconcertante, y los discípulos tenían tres desafíos:
1. La multitud era grandísima: 5 000 hombres, sin contar las mujeres y los niños.
2. Estaban en un lugar lejos de la ciudad, sin ninguno que estuviera cerca para comprar comida.
3. No tenían suficiente dinero.
Los discípulos se encontraban en un callejón sin salida, con problemas logísticos, falta de recursos y una multitud hambrienta.
Sin embargo, adoptaron entregar los pocos bocados que tenían en manos de Cristo, porque «…l les dijo: Traédmelos acá». (Mateo 14:18). Ese pequeño bocado se multiplicó milagrosamente y cada uno quedó satisfecho. El milagro nos enseña que, aún con los recursos limitados, Dios puede lograr grandes cosas a través de las personas que están dispuestas a servirle.
Cuando Jesús ordenó a los discípulos que alimentaran a la gente, estaba evocando el principio de la responsabilidad de la iglesia para cuidar al vulnerable de quién Jesús ya había hablado a través del profeta Isaías. Cristo, a través del profeta, ordenó: «...compartas tu pan con el hambriento,... cuando vieres al desnudo, lo cubras... (Isaías 58:7)».
El Señor nos ha ordenado claramente: «... Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura». (Marcos 16:15). «Pero cuán a menudo nos descorazonamos y nos falta la fe, al ver cuán grande es la necesidad y cuán pequeños los medios en nuestras manos. Como Andrés al mirar los cinco panes de cebada y los dos pececillos, exclamamos: “¿Qué son éstos para tantos?” Con frecuencia, vacilamos, nada dispuestos a dar todo lo que tenemos, temiendo gastar y ser gastados para los demás. Pero Jesús nos ha ordenado: “Dadles vosotros de comer.” Su orden es una promesa; y la apoya el mismo poder que alimentó a la muchedumbre a orillas del mar».3
La frase “dadles de comer” se extiende más allá del contexto de proporcionar el alimento físico. Es un llamado para la iglesia, como cuerpo de Cristo, para atender las necesidades espirituales, emocionales y materiales de las personas. Jesús no permitió que uno de los discípulos eludiera su responsabilidad para cuidar de la multitud, y este es el mismo principio que hoy debería guiar a la iglesia.
«El milagro del Salvador, al alimentar a los cinco mil, ilustra la obra del poder de Dios en la producción de la cosecha. Jesús descorre el velo del mundo de la naturaleza, y revela la energía creadora ejercida constantemente para nuestro bien. Al multiplicar la semilla sembrada en el suelo, el que multiplicó los panes hace un milagro todos los días. Por medio de un milagro alimenta constantemente a millones de personas con las cosechas de la tierra. Se llama a los hombres a cooperar con él en el cuidado del grano y la preparación del pan, y por este motivo pierden de vista al instrumento divino. Se atribuye la obra de su poder a causas naturales o a medios humanos y, con demasiada frecuencia, se pervierten sus dones dándoles un uso egoísta y convirtiéndolos así en una maldición en vez de una bendición. Dios está procurando cambiar todo esto. Desea que nuestros sentidos entorpecidos se aviven para percibir su bondad misericordiosa, que sus dones sean para nosotros la bendición que él se proponía que fuesen.
La palabra de Dios, la transmisión de su vida es lo que da vida a la semilla y, al comer el grano, nos hacemos partícipes de esa vida. Dios desea que comprendamos eso; quiere que aún al recibir nuestro pan cotidiano, reconozcamos su intervención y alcancemos una comunión más íntima con él.
Según las leyes de Dios que rigen en la naturaleza, el efecto sigue a la causa con invariable seguridad. La siega es un testimonio de la siembra. Aquí no hay simulación posible. Los hombres pueden engañar a sus semejantes y recibir alabanza y compensación por un servicio que no han prestado. Pero en la naturaleza no puede haber engaño».4
«En la cosecha, la semilla se multiplica. Un solo grano de trigo, multiplicado por repetidas siembras, cubriría todo un terreno de gavillas doradas. La misma extensión puede tener la influencia de una sola vida, y hasta de una sola acción».5
Además de comentar en el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, en el Espíritu de Profecía leemos: «El acto de Cristo al suplir las necesidades temporales de una muchedumbre hambrienta, entraña una profunda lección espiritual para todos los que trabajan para él. Cristo recibía del Padre; él impartía a los discípulos; ellos impartían a la multitud; y las personas unas a otras. Así, todos los que están unidos a Cristo, recibirán de él el pan de vida, el alimento celestial, y lo impartirán a otros».6
El hambre del que Jesús habla se puede entender de una manera más amplia: muchas personas a nuestro alrededor tienen hambre de justicia, paz, amor y esperanza. La iglesia tiene la misión de ser una fuente de sustento espiritual y emocional para un mundo en crisis. El apóstol Santiago refuerza esta verdad al enfatizar la importancia de la fe acompañada por acciones concretas. «Y si el hermano o la hermana están desnudos, y tienen necesidad del alimento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos; pero no les da lo que necesitan para el cuerpo, ¿de qué aprovechará?». (Santiago 2:15–16). De igual modo, en su primera epístola, Juan pregunta: « Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano tener necesidad, y le cierra sus entrañas, ¿cómo mora el amor de Dios en él?». (Juan 3:17).
El mundo actual está repleto de “multitudes hambrientas” que buscan sentido, pertenencia y esperanza. Se invita a que la iglesia sea una comunidad generosa, lista para compartir el pan de vida y brindar el mensaje transformador de Cristo.
Es fácil sentirse abrumado por la magnitud de los problemas globales como el hambre. Con nuestros recursos limitados, ¿cómo podemos marcar la diferencia ante un problema tan grande? La historia de la multiplicación de los panes nos recuerda que, en las manos de Cristo, aun cuando tengamos poco, eso puede multiplicarse para bendecir a muchos.
«Bendiciones, tanto temporales como espirituales, acompañarán a los que imparten a los necesitados lo que han recibido del Maestro. Jesús realizó un milagro para alimentar a una multitud de cinco mil personas, cansada y hambrienta. Eligió un lugar agradable en el cual acomodar a la gente y les ordenó que se sentaran. Luego tomó los cinco panes y los dos pececillos. Sin duda hubo muchas conjeturas acerca de la imposibilidad de satisfacer a cinco mil hombres hambrientos, además de las mujeres y los niños, con tan escasas provisiones. Pero Jesús dio gracias y puso los alimentos en las manos de los discípulos, para que los distribuyesen. A medida que lo repartían, el alimento se multiplicaba en sus manos. Después que la multitud fue alimentada los discípulos mismos se sentaron y comieron con Cristo de la provisión impartida por el cielo. Esta es una lección preciosa para cada uno de los que siguen a Cristo».7
Del mismo modo como los discípulos de Jesús en el pasado, Dios espera usarnos como medios de comunicación de sus bendiciones. «Los discípulos eran el medio de comunicación entre Cristo y la gente. Esto debe ser de gran estímulo para sus discípulos de hoy. Cristo es el gran centro, la fuente de toda fuerza. Sus discípulos han de recibir de él sus provisiones. Los más inteligentes, los mejor dispuestos espiritualmente, pueden otorgar a otros solamente lo que reciben. De sí mismos, no pueden suplir en nada las necesidades del alma. Podemos impartir únicamente lo que recibimos de Cristo; y podemos recibir únicamente a medida que impartimos a otros. A medida que continuamos impartiendo, continuamos recibiendo; y cuanto más impartamos, tanto más recibiremos. Así podemos constantemente creer, confiar, recibir e impartir».8
Las instituciones cristianas, los misioneros y los voluntarios en todo el mundo ya están viviendo esta realidad al dedicar sus vidas para atender las necesidades del más vulnerable. Desde los programas de alimentación para el hambriento hasta los proyectos que ofrecen educación, cuidados básicos y de salud, estas iniciativas reflejan el amor de Cristo en acción. Lo que parece pequeño a nuestros ojos, puede ser el principio de una gran labor en las manos de Dios. No tenemos que esperar hasta tener abundancia, lo que tenemos ahora puede ser un instrumento en las manos de Cristo para lograr lo imposible.
La solicitud que Cristo le hizo a sus discípulos todavía resuena hasta hoy. Nos invita a ser parte de su trabajo de redención en el mundo, especialmente en el contexto global de tanta necesidad. El hambre, ya sea físico o espiritual, aún aflige a miles de millones de personas, y el llamado es para que los cristianos sean la respuesta de Dios para estas necesidades.
Este llamado a acción puede comenzar con pequeños gestos, una palabra de ánimo, una donación para quienes tienen necesidad o, inclusive, estableciendo un centro de asistencia social en nuestras iglesias que buscan atender las necesidades físicas y espirituales de nuestras comunidades. No podemos ignorar la urgencia del mundo que sufre de hambre, pero como discípulos de Cristo, el desafío es que actuemos con compasión y generosidad.
«Jesús no procuraba atraerse al pueblo satisfaciendo sus apetitos. Para aquella gran muchedumbre, cansada y hambrienta después de tan largo día lleno de emociones, una comida sencilla era prenda segura de su poder y de su solícito afán de atender a las necesidades comunes de la vida. No ha prometido el Salvador a sus discípulos el lujo mundano; el destino de ellos puede hallarse limitado por la pobreza; pero ha empeñado su palabra al asegurarles que sus necesidades serán suplidas, y les ha prometido lo que vale más que los bienes terrenales: el permanente consuelo de su propia presencia.
Comido que hubo la gente, sobraba abundante alimento. Jesús mandó a sus discípulos: “Recoged los pedazos que han quedado, porque no se pierda nada.” Juan 6:12. Estas palabras significaban más que recoger las sobras en cestas. La lección era doble. Nada debe ser malgastado. No hemos de perder ninguna ventaja temporal. No debemos descuidar cosa alguna que pueda beneficiar a un ser humano. Recojamos todo cuanto pueda aliviar la penuria de los hambrientos del mundo. Con el mismo cuidado debemos atesorar el pan del cielo para satisfacer las necesidades del alma. Hemos de vivir de toda palabra de Dios. Nada de cuanto Dios ha dicho debe perderse. No debemos desoír una sola palabra de las referentes a nuestra eterna salvación. Ni una sola debe caer al suelo como inútil».9
«Los discípulos trajeron a Jesús todo cuanto tenían; pero él no los invitó a comer. Les mandó que sirvieran al pueblo. El alimento se multiplicó en sus manos, y las de los discípulos, al tenderse hacia Cristo, nunca quedaban vacías. La escasa reserva alcanzó para todos. Satisfecha ya la gente, los discípulos comieron con Jesús del precioso alimento venido del cielo.
Cuando vemos las necesidades de los pobres, ignorantes y afligidos, ¡cuántas veces flaquean nuestros corazones! Preguntamos: “¿Qué pueden nuestra débil fuerza y nuestros escasos recursos para satisfacer tan terrible necesidad? ¿No deberíamos esperar que alguien más competente que nosotros dirija la obra, o que alguna organización se encargue de ella?” Cristo dice: “Dadles vosotros de comer.” Valeos del tiempo, de los medios, de la capacidad de que disponéis. Llevad a Jesús vuestros panes de cebada.
Aunque vuestros recursos sean insignificantes para alimentar a millares de personas, pueden bastar para dar de comer a una sola. En manos de Cristo, pueden hartar a muchos. A imitación de los discípulos, dad lo que tenéis. Cristo multiplicará la ofrenda y recompensará la sencilla confianza y la buena fe que en él se haya depositado. Lo que parecía escasa provisión resultará abundante festín».10
“Dadles de comer” no solo es una exhortación para ejercer la caridad, sino un llamado a la responsabilidad. Jesús mostró que no necesitamos tener mucho para marcar la diferencia, solo necesitamos colocar en sus manos lo que tenemos. Así como se multiplicaron los panes y peces, Cristo también puede multiplicar nuestros esfuerzos y recursos para alimentar a nuestro alrededor a las multitudes hambrientas de forma espiritual y física.
En un mundo donde hay millones de personas sufriendo de hambre, la iglesia debe continuar para responder con compasión a este llamado, es una reflexión del amor de Cristo en una sociedad que tanto necesita de cuidado y esperanza.